TRABAJADOR INCANSABLE DE LA VIÑA DEL
SEÑOR.
Por David Carrillo Prieto
Cumplir cincuenta años de vida sacerdotal representa, para
el consagrado, un motivo de acción de gracias, de revisión
personal y recapitulación, que le anima a proseguir en la carrera
emprendida hasta alcanzar la meta. Este jubileo, compartido por la
comunidad cristiana, estimula a todos a redescubrir la esperanza que
confiere sentido y plenitud a la existencia humana; aquella que se
funda en la promesa del Maestro: “el reino de Dios está
cerca” (Mt 4,17), y por la cual merece la pena vivir, entregarse
y perseverar en el camino de la fe.
Quien arriba a sus Bodas de Oro sacerdotales, el padre Teodoro Becerril,
es conocido y estimado por muchos, dada su larga trayectoria al servicio
de la Iglesia en Cuba. La firmeza de su voz, la elegancia y solemnidad
que imprime a las celebraciones litúrgicas, sus emotivas predicaciones,
su entusiasmo contagioso, que no ha decaído con el paso de
los años ni con la fatiga de las jornadas, y su celo apostólico,
hacen de él un carismático sacerdote y un testigo singular
del evangelio para estos tiempos en que “son menester amigos
fuertes de Dios”, parafraseando a santa Teresa. Aprovechando
esta ocasión especial, el párroco del Carmen accedió
a compartir con los lectores sus recuerdos más entrañables,
las motivaciones que animan su vida y su misión, y sus criterios
con relación a nuestra Iglesia.
Todos tenemos nuestra historia personal, -afirmó el sacerdote
carmelita-, y se remontó a los tiempos de su infancia: yo formé
parte de una familia sencilla, de agricultores, en la España
de la década de los cuarenta. Vivíamos en un pequeño
pueblo de Palencia, en Cozuelos de Ojeda, más concretamente.
Mis padres tuvieron cinco hijos, dos de ellos somos sacerdotes. Mi
hermano, el padre Ángel, pertenece al Instituto Religioso de
Sacerdotes Misioneros Españoles. Durante veintiocho años
ejerció su Ministerio en Zimbabwe, y hace nueve años
fue designado para Tailandia, donde reside en la actualidad.
Fuimos educados cristianamente, tanto en el hogar como en la Parroquia
del pueblo y la escuela, que aunque no era un colegio religioso, sino
público, se impartía la asignatura de Religión
a los niños cuyos padres la solicitaran, que normalmente eran
todos.
¿Cómo despertó en mí la vocación?
Pues no lo sé; es un Misterio de la Gracia, un don de Dios,
-asegura-. Dicen quienes me conocieron que yo era un niño muy
juguetón, ¡y hasta un poco maldito!, -sonríe-.
Y que entre mis travesuras, también jugaba a decir Misa con
mis hermanos. Creo que mucho influyó el ejemplo de mis padres,
la educación que me impartieron, la bondad y santidad del párroco
de mi pueblo, y las predicaciones ofrecidas por un sacerdote carmelita
coterráneo, que de vez en cuando nos visitaba. Poco a poco
fui descubriendo que quería ser sacerdote, y ser carmelita.
A los once años y medio dije a mis padres que me iba con los
frailes, y entré en el Seminario Menor. Por aquel entonces
el régimen de formación era mucho más riguroso;
permanecíamos internos todo el tiempo; incluso durante el verano,
cuando íbamos de paseo y de excursión, porque no teníamos
clase. Así que no volví a casa hasta pasados doce años,
cuando recibí la Ordenación Sacerdotal y fui a cantar
Misa junto a la familia y los amigos.
Seguidamente evocó uno de sus recuerdos más emocionantes:
el ver realizado, finalmente, su sueño. Éramos un grupo
numeroso, -explica-. Alrededor de ciento cincuenta candidatos recibíamos
las órdenes sagradas del presbiterado, el diaconado, el subdiaconado
o bien las órdenes menores, de manos de Monseñor Francisco
Barbado Viejo, un obispo dominico de feliz memoria, en la monumental
Catedral Vieja de Salamanca. Fue el Sábado Santo de 1957, durante
la Vigilia Pascual. La ceremonia duró siete horas, pues el
ritual de la Ordenación comenzó antes, y no concluyó
sino después de finalizada la Vigilia.
“IRÉ DONDE LA GLORIA DE DIOS ME
LLAME.”
(Beato Francisco Palau, carmelita)
Siendo un joven sacerdote, se le confió
la misión de servir a la Iglesia en tierra cubana. ¿Cómo
ocurrió la designación? ¿Qué sentimientos
brotaron en su corazón? A los que terminábamos el currículum
de nuestra carrera –comenta-, el superior nos preguntaba cuáles
eran nuestros propósitos e ilusiones, dónde preferíamos
trabajar. Yo le pedí que, si no había inconvenientes,
me confiara la labor misionera en alguna parcela de nuestra provincia
religiosa, que por entonces comprendiera a Puerto Rico, Santo Domingo
y Cuba. Me envió aquí, donde los carmelitas estábamos
presentes desde 1880.
Con mucho gozo e ilusión, cinco de los nuevos carmelitas partimos
en el vapor “Satrústegui” rumbo a La Habana. Salimos
de Cádiz, hicimos escala en Tenerife, La Guaira, una región
de Venezuela, Curazao y Santo Domingo. Después de tres días
allí retrocedimos a Puerto Rico, y bordeando por el norte,
divisamos las costas cubanas el 12 de mayo de1958. Recuerdo que un
sobrecargo, muy amigo de los carmelitas, nos señaló,
desde lo lejos, una torre sobresaliendo entre los edificios, y nos
dijo: ¿ven esa torre? Aquella es vuestra casa. Al poco rato
se podía divisar, con mayor claridad, la hermosa torre-monumento
a la Virgen del Carmen.
Ya en Cuba, nos distribuyeron de acuerdo a las necesidades de cada
lugar. Los carmelitas, por esos años, estábamos presentes
en Camagüey, Sancti Spíritus y Cabaiguán, además
de La Habana y Matanzas. A mi me confiaron la Dirección y Administración
del Colegio parroquial, que estaba por inaugurarse. ¡Era una
obra social magnífica!- exclamó-. Se impartía
toda la enseñanza primaria a niños y niñas, principalmente
pobres. En este proyecto venía trabajando, hacía tiempo,
la comunidad. La inauguración tuvo lugar el 3 de octubre de
1958, entonces fiesta de santa Teresita. El acto contó con
la presencia de Monseñor Alfredo Müller, obispo auxiliar
de La Habana, a nombre de Su Eminencia, el Cardenal Arteaga. Tuvimos
una matrícula inicial de trescientos cincuenta alumnos. Al
frente del Colegio me mantuve hasta su intervención. También
fui asesor del grupo de jóvenes de Acción Católica,
que bajo el patrocinio de san Juan de la Cruz, funcionaba en nuestra
parroquia. Es decir, que desde el principio, asumí numerosas
responsabilidades; me sentía completo en aquellos años
de juventud, ardor e ilusión.

Teodoro Becerril Fernandez
LA CRUZ Y LA LUZ.
Después de la expulsión de un
gran número de sacerdotes y religiosos, en nuestra casa sólo
quedamos cinco: el padre Hilario, quien fue párroco del Carmen
hasta 1962, año en que partió a la Casa del Padre, el
padre Domingo y un servidor, además del hermano Andrés,
muy querido y recordado (actualmente reside en España), y otro
fraile, el hermano Clemente, que se encargaba de la sacristía.
Fueron tiempos muy difíciles –comenta-, de fuertes cambios
para Cuba y también para la Iglesia. En nuestras manos estaba
la atención pastoral de nuestras iglesias y el mantener, contra
viento y marea, la comunidad. A la muerte del padre Hilario, los superiores
me confiaron el cuidado de la parroquia, al frente de la cual me encuentro
en la actualidad.
En esta larga trayectoria ¿Cuáles han sido sus mayores
alegrías y tristezas? Enseguida me responde: ¡la mayor
felicidad del sacerdote está en la perseverancia! Entonces
surge una inmensa gratitud a Dios por haberle dado la fuerza para
ser fiel. Otras realizaciones pueden ser más o menos exitosas:
la predicación, el don de gentes o el carisma personal que
uno pueda tener. Personalmente siempre me ha animado la ilusión
de hacer presente a la Iglesia y al carisma del Carmelo en medio de
nuestro pueblo, y el trabajar con las religiosas, tanto con las Carmelitas
Descalzas como con otras congregaciones.
¿Retos y dificultades? Pues aquellas tentaciones que intentan
apartarnos del camino; las escaceses económicas, materiales
y de personal que pueden empobrecer la labor pastoral. Los mayores
sufrimientos han sido el constatar cómo se divide la familia
cubana por la salida del país de muchas personas queridas,
la falta de perseverancia en seminaristas y sacerdotes, la inseguridad
que acompaña la vida eclesial… ¡Son desalientos
que nos invitan a confiar sólo en el Señor, a abandonarse
totalmente en él! –concluye.
Es importante destacar que el padre Teodoro, cada vez que sale de
viaje, es acogido con mucho cariño por familias de su parroquia
que hoy viven en el exilio. Aprovechando su presencia se reúnen
para recibirlo y compartir la eucaristía. Son muchos los grupos
que hoy viven en la diáspora, -afirma-. Los podemos encontrar,
principalmente en La Florida, New York, California o España.
Ellos siempre tienen un recuerdo afectuoso de Cuba y de la comunidad.
Por otra parte, podemos verle por las calles del barrio, en la bodega
o en la tienda saludando a la gente, conversando con ellas. En tiempos
de Misión Popular, organiza cuanto puede su escaso tiempo,
y se incorpora a los grupos que van, de puerta en puerta, transmitiendo
el Mensaje. Es muy importante estar presente -comenta-, tanto tiempo
en un mismo lugar hace que te conozca la gente, porque te han visto
en la Iglesia, porque te piden el bautismo para sus hijos, porque
te solicitan un consejo o una orientación… El pueblo
cubano siempre reconoce el sacrificio, la entrega del sacerdote o
de la religiosa; y el cariño con que nos corresponden nos estimula
en nuestra misión. A veces me han preguntado personas que vienen
del extranjero: ¿Cuándo termina su trabajo aquí?
¿Cuándo regresa a su tierra? Yo les respondo: ¿y
a dónde me voy a ir yo? ¡El Señor me ha colocado
aquí, y es aquí donde tengo que servir y dar los frutos!
“QUÉ BIEN SÉ YO LA FONTE
QUE MANA Y CORRE…”
(San Juan de la Cruz)
La reflexión se dirigió, entonces,
al mundo de la espiritualidad, que es centro y origen de la vida y
la misión del consagrado. El sacerdocio -explica-, se cimenta
en una profunda vida interior que se va desarrollando por medio de
los sacramentos y de la oración cotidiana. La fidelidad y la
fuerza sólo se pueden encontrar en la unión con Cristo,
quien afirmó: “sin mí no podéis hacer nada”
(cf. Jn15, 5). El sacerdote es consciente que todos sus éxitos
y también sus limitaciones están en las manos del Señor,
y son transformados por él.
La fuente de mi espiritualidad se encuentra en la oración y
la contemplación, en la devoción a la Virgen y a nuestros
santos fundadores, y en la experiencia de la comunidad. Está
en el Carmelo, que por otra parte, y como bien han venido recordando
los papas a lo largo del tiempo, es una riqueza y un patrimonio para
toda la Iglesia.
Cuando hacemos nuestra profesión religiosa se nos pregunta:
“¿qué pides al Carmelo, qué pides a Dios?”
Y el religioso responde: “la misericordia de Dios, la pobreza
de la Orden y la compañía de los hermanos”. Hacemos
profesión de vivir en compañía con otros. La
comunidad, pues, resulta un gran apoyo para el consagrado, a la vez
que le ayuda a crecer espiritualmente. Y las comunidades pequeñas,
como las nuestras aquí, reclaman una mayor entrega, un mayor
compromiso de unos para con otros.
LA IGLESIA PEREGRINA.
Usted ha compartido con la Iglesia en Cuba,
a lo largo de estas últimas décadas, la experiencia
de la cruz y de resurrección; una historia que se va construyendo
día a día, paso a paso, con la presencia constante,
la oración confiada y el testimonio fiel de todos los creyentes.
¿Cómo valora la marcha de la Iglesia durante todos estos
años?
Lo más importante, considero, es que la Iglesia en Cuba se
ha mantenido en camino, no ha dejado de estar presente, siempre en
la disposición de servir a nuestro pueblo; pues ésta,
y no otra, es su misión. Durante los años del Concilio,
que por otra parte fueron tiempos muy difíciles para nosotros,
la Iglesia en Cuba se mantuvo muy firme y estrechamente unida a la
Iglesia Universal y al Santo Padre. Luego se dio a la tarea de estudiar,
divulgar y actualizar todo ese Magisterio Conciliar. Una realidad
que me llenó de gozo y de alegría fue la renovación
litúrgica, porque impulsó fuertemente toda la obra de
evangelización.
Este proceso, que se estaba llevando a cabo en todas nuestras comunidades,
preparó, antecedió al ENEC, que, a mi entender, fue
la mayor riqueza de estos años. Cierto que ya se habían
celebrado Conferencias del Episcopado latinoamericano, en Medellín
y en Puebla, con el objetivo de inculturizar en la realidad del continente
la doctrina conciliar. Sin embargo, aquello no “encajaba”
del todo en nuestro ambiente eclesial y sociocultural. Necesitábamos
una reflexión propia, adaptada a nuestras circunstancias. A
esto se refería Mons. Azcárate cuando dijo que hacía
falta un “pueblita cubano”.
Acontecimiento sumamente importante, posterior al ENEC, ha sido la
visita del Papa Juan Pablo II, y su preparación. Muchos cuestionaron,
dentro y fuera de Cuba el por qué de este viaje pastoral. Yo
siempre decía: ¡Él tiene que venir! Porque lo
necesita, sobre todo, una Iglesia que ha vivido tiempos muy difíciles,
y lo necesita también el pueblo de Cuba. Entre los muchos frutos
que hoy podemos cosechar de su visita, cabe destacar que se ha podido
superar la gran división que existía en la sociedad
entre creyentes y no creyentes, porque el Papa dijo que en Cuba tienen
que caber todos los cubanos sin distinción.
¿Qué realidades considera prioritarias, actualmente,
para la labor pastoral de la Iglesia?
Pienso que, primeramente, está el presentar la fe como realidad
fundamental, imprescindible, para el hombre, tanto a nivel personal,
como a nivel social. En segundo lugar, trabajar por mantener y promover
el valor de la familia, núcleo fundamental de la Iglesia y
de la sociedad; e insistir en su papel insustituible en la educación
de las jóvenes generaciones. Otro reto importante, para el
momento actual, es la promoción de la niñez y de la
juventud, porque constatamos que, a nivel general, no ha existido
una transmisión generacional de los valores religiosos. Esto
lo tiene que suplir la Iglesia, a pesar de las limitaciones que conlleva
la falta de acceso a los medios de comunicación y a las instituciones
educativas. Hay que seguir insistiendo, asimismo, en la promoción
de la dignidad del ser humano y de la cultura del respeto a la vida.
Dentro de estas prioridades, considero que se debe prestar una atención
particular a la realidad que viven nuestros jóvenes. Ellos
sueñan poder elegir un proyecto de vida, de autorrealización,
verdaderamente auténtico. Cuando esto se les dificulta, se
sienten extraños, decepcionados y desesperanzados. Pienso que
aquí está la razón fundamental que les lleva
a emigrar. No es solamente el factor económico; es el ansia
de buscar fuera lo que aquí no logran encontrar. Yo pienso
que los jóvenes deberían luchar por llevar a cabo su
proyecto aquí, en su tierra. Y si no lo pueden encontrar al
cien por cien, al menos al cincuenta por cien. Si se trabaja hoy por
alcanzar esta aspiración, que es fundamental, sus hijos podrán
conocer un mejor porvenir.
Cincuenta años de vida sacerdotal es todo un caudal de experiencia
y de riqueza interior, que puede ayudar e iluminar a aquellos que
están comenzando a caminar; unos porque son jóvenes
sacerdotes, otros porque sienten que Dios les llama para este Ministerio,
y muchos, porque quieren tomarse la fe “en serio”, y vivir
auténticamente su vocación cristiana en medio del mundo.
¿Quisiera ofrecer a todos algún mensaje especial?
A lo largo de estos años he impartido la asignatura de Liturgia
en el Seminario. Muchos que hoy son sacerdotes con un larga trayectoria
me saludan y recuerdan sus tiempos de formación. Yo les digo
siempre: “lo más importante no ha sido la formación
académica o los títulos; lo más hermoso es que
te hayas mantenido fiel”, porque dice el Evangelio: “El
que persevere hasta el final, ese recibirá el premio”
(Cf. Mt24,13). A aquellos que sienten en su interior la llamada del
Señor, que no tengan miedo y den el paso. Al que deja todo
atrás para seguir a Cristo, Él mismo se le entrega,
totalmente, como premio. Dice Santa Teresa que Dios nunca se deja
ganar en generosidad. A todos, animarles a descubrir la belleza del
cristianismo, y los valores que Cristo proclama en su Evangelio, que
son los verdaderos pilares donde se asienta la dignidad del ser humano.
Un compañero mío escribió este pensamiento: “Después
de dos mil años aún tenemos frías nuestras manos
y allí se nos queda el Evangelio, porque no hemos sabido vivir
y disfrutar su esencia fundamental”. La verdadera felicidad
brota en nuestro interior cuando se llega a comprender todo cuanto
significa y encierra el don de la fe: ese tesoro que Dios ha confiado
a nuestras vasijas de barro.