APUNTES SOBRE LA ESCULTURA
DE LA
SANTÍSIMA TRINIDAD Y SU FIESTA
(POR DANIEL FERNÁNDEZ)
Sus pequeños y ocultos formatos
van formando en su derredor extensas zonas verdes que frenan el aire soleado,
con olor a mieses secas, que llega a la meseta castellana.
Por sus estrechos y retorcidos caminos aún parece oírse el paso
acompasado de monjes mezclado con el eco de salmodias monacales, que por ellos
pasaban a fin de ver su heredades o llevar alguna caridad a los necesitados.

Cozuelos es unos de sus pueblos, de
ricas tierras, bien repartidas, que no necesitaban pedir algo prestado en
San Miguel de Mayo para devolverlo en San Miguel de Septiembre. Ni tampoco,
aunque ligado al monasterio de Santa Eufemia de su nombre, acudir al filo
del mediodía con la escudilla de madera a engrasar la hilera formada
junto a la puerta del monasterio.
Tenía sus buenos pejugales y la iglesia disfrutaba de unas sanas
rentas.
En el año mil setecientos veinticinco ascendían a treinta
y seis cargas de cebada, treinta y dos de centeno y otras pequeñas
cantidades de diversos cereales.
Gracias a estos ingresos pudieron llevarse a cabo buenas construcciones
en el templo parroquial, que. los párrocos
apuntaron con detalle en los libros parroquiales.
Por ello sabemos los sobresaltos de la feligresía por hundimientos de bóvedas portada y muros recientemente construidos, los frecuentes robos que soportó la parroquia creyendo necesario poner unas puertas forradas de hierro hechas en Cervera que costaron cuatro mil reales poniendo además “celadores” que velasen la iglesia por la noche.
También anotaron que la blanca
piedra de sus muros se trajo de las canteras de Villaescusa, que los trabajados
de extracción y labra se pagaban por “quintales” que traer
un “quintal” costaba seis maravedíes; su labra, quince;
y por la posada a los canteros, nueve reales al mes.
A fin de formarse una idea aproximada de estos costes, bueno será tener
presente que una “carga” de trigo solía valer alrededor
de treinta y dos reales (ocho pesetas) y que el real equivalía a veintiséis
maravedíes.
También nos dejaron buena nota de los diversos artesanos que allí
trabajaron en la labra de la piedra o en las tallas de esculturas y retablos.
Especial mención creo merece la adquisición de la cruz procesional
en Valladolid, que pesó ciento noventa y tres onzas y costó
cuatro mil quinientos cuarenta y un reales, con punzón del platero
Manuel Rodríguez.
Para nuestro intento y por circunstancias de cierta actualidad, creo oportuno
destacar la pequeña historia del grupo escultórico de la Santísima
Trinidad, que ha sido restaurado recientemente en un taller diocesano, dirigido
con maestría y acierto y bastante silenciosamente por un sacerdote
natural de Cozuelos.
No abundan en nuestra parroquia y museos esculturas de este misterio.
Lo contrario ocurre en pintura. En una de las tablas flamencas que se custodian
en la iglesia de Frómista, La Anunciación, es hermoso ver cómo
el autor el autor interpreta este misterio de la Encarnación. En él
parece haberse inspirado el P. Astete para explicarle este misterio a sus
lectores. La fiesta popular en honor de la Santísima Trinidad empieza
en Cozuelos en el año mil setecientos sesenta y dos. Un vecino de “Indias”,
llamado Rafael bravo, ha enviado unos dinerillos a fin de hacer una fundación
para estos fines. Fue necesaria la intervención del notario de Prádanos
para poder cobrarles.
La fiesta religiosa fue solemne, con predicador y asistencia de varios sacerdotes
a quienes se les dan sus asignaciones fundacionales.
En este mismo año se “estrena” la “efigie”
de la Santísima Trinidad.
Fue tallada en Medina de Rioseco por el escultor Rafael Sierra. Su coste ascendió
a ochocientos veintitrés reales.
La obra no satisfizo plenamente: les pareció incompleta. Y por este
motivo encargan al “profesor” arquitecto vecino de Palencia, Manuel
Rojas, tres “efigies” de arcángeles con destino a este
grupo.
En el año mil setecientos setenta y cinco se talla el retablo. Su autor
es un artesano de Barrio de San Pedro, llamado Lorenzo Herrero, a quien le
pagaron tres mil reales.
Creo que fue un gran acierto de los diversos párrocos de este pueblo,
no solo consignar con detalle las obras que fueron realizando artesanos de
los pueblos limítrofes que dejaron allí huella de su maestría,
sino conocer otros centros o focos para obras de más importancia a
pesar de la distancia que les separaba.
Nuestro agradecimiento más cariñoso y entrañable a D. Daniel Fernández